De historias olvidadas.

Publicado en por Fran Borg

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Al principio del siglo XX sólo algunos especialistas, muy pocos se atrevían a pronunciar tímidamente y en la intimidad académica, el nombre de Sumer. Los  eruditos no decían ni palabra de la civilización  sumeria. Entonces estaba de moda Egipto. Cuando se intentaba remontar hasta el extremo horizonte de la historia, cuando se quería reconstruir el camino recorrido por el hombre después de la interminable noche prehistórica y fijar los primeros progresos decisivos de su edad «adulta», se encontraba infaliblemente a Egipto. En este vasto fluir del tiempo que conduce hasta nosotros. En más de un «Manual de Historia de la Antigüedad», actualmente en uso, el país de Sumer ni siquiera se menciona, o bien se le trata como a un pariente pobre, como a una especie de gacetilla periodística sobre las civilizaciones desaparecidas. La Historia empieza en Sumer. Se trata de la primera civilización del mundo. Sin duda hubo otras tantas culturas menores escalonadas a lo largo de nuestra inmensa prehistoria que fueron nutrientes de esa primera civilización, plena y compleja creada e instaurada por los Sumerios.

La organización social y política; el establecimiento de ciudades y de Estados; la creación de instituciones, de obligaciones y de derechos; la producción organizada de alimentos, de vestidos y de herramientas; la ordenación del comercio y de la circulación de los bienes de intercambio; la aparición de formas superiores y monumentales del arte; los comienzos del espíritu científico; finalmente, y en lugar principal, el invento prodigioso, y del que no se puede medir toda la importancia, de un sistema de escritura que permitía fijar y propagar el saber. Toda esa disciplina social fue preservada del olvido por algunos pueblos que mantuvieron encendida la llama del conocimiento generación tras generación hasta que una de entre muchas otras semillas germino y dio fruto a lo que hoy conocemos como civilización Sumeria.

Este enriquecimiento y esta organización admirables de la vida humana no aparecieron sino en el cuarto milenio antes de nuestra era y precisamente en el país de Sumer, en la región de la Baja Mesopotamia, al sur de la Bagdad moderna, entre el Tigris y el Éufrates. Las otras dos civilizaciones entre las más antiguas conocidas en la actualidad, o sea la egipcia y la «protoindia», del valle del Indo, son el fruto de la siguiente generación de semillas, sembradas con varios siglos de posterioridad a la civilización sumeria.

A Sumer le corresponde el papel de haber sido excitador y catalizador de la explosión de todas las culturas posteriores. La civilización más antigua de la China, en la cuenca del río Amarillo, no se remonta más que a los principios del segundo o al extremo final del tercer milenio; las civilizaciones andina y mesoamericana no son anteriores a la mitad del primer milenio antes de nuestra era. Y todas las demás civilizaciones históricas conocidas dependen en más o en menos de aquéllas.

Sumer, a diferencia de Egipto, no se pretendía dejar testimonio de un antiguo esplendor sobre la tierra y casi lo consigue. El mundo se había olvidado hasta del nombre de Sumer y de los sumerios; e incluso los mismos personajes de la antigüedad clásica, los hebreos y los griegos, por ejemplo, si bien nos hablan a menudo de Egipto, no dicen ni una palabra de sus lejanos antepasados, los sumerios. Lo que de ellos se ha encontrado se ha tenido que ir a buscarlo a las entrañas de la tierra, por medio de profundas excavaciones. Y lo más corriente ha sido que el pico de los arqueólogos haya puesto al descubierto el modesto y frágil ladrillo, cocido o, aún más a menudo, crudo, en lugar de encontrarse con la piedra de las salas hipóstilas; no se han descubierto obeliscos gigantescos, enormes esfinges o estatuas imponentes y desmesuradas de faraones, sino modestas esculturas, rarísimas veces superiores al tamaño natural, por economía de un material duro que se había de hacer venir de lejos en ese país de aluviones y de arcilla; como tampoco se han encontrado suntuosos anales, esculpidos o pintados en los muros de las tumbas y de los templos, con toda la finura y la gracia de los caracteres jeroglíficos, hechos ex profeso para deleite de la vista, sino que han sido, por lo general, humildes tabletas de arcilla, más o menos deterioradas y fragmentadas, recubiertas de minúsculos signos cuneiformes, rarísimos, erizados, entremezclados y ásperos. Sin embargo, estos textos de aspecto irrisorio, tan penosos de estudiar, tan difíciles de comprender y de descifrar, han sido excavados en cantidades ingentes, de varios cientos de millares, que abarcan todas las actividades, todos los aspectos de la vida de sus redactores: gobierno, administración de justicia, economía, relaciones personales, ciencias de todos los tipos, historia, literatura y religión. Estudiando y descifrando el contenido de los vestigios, utensilios, estatuas, imágenes, templos, palacios y ciudades, puestos bajo la luz del sol por los arqueólogos, una pléyade de eruditos ha conseguido, después de medio siglo de trabajos y esfuerzos oscuros y encarnizados, no solamente redescubrir y colocar en su sitio de honor el nombre de los sumerios, sino también redescubrir el Homo-sapiens-idaltu.jpgsecreto y el mecanismo complejo de su escritura y de su idioma. De lo que nunca tendremos certeza  es de como  el conocimiento acumulado desde que el hombre camina sobre la tierra fue custodiado y mostrado a colectivos de personas por medio de la palabra la observación y el análisis de todo lo que se daba por cierto. Nunca sabremos con certeza si existió una gran civilización que renuncio al uso del metal como punto de inflexión al progreso material. Una gran civilización a la que le ha sobrado tiempo para haber sido en muchos aspectos  muy superior a la nuestra. Esa cultura desapareció y sin duda sumeria se construyó con los escombros de algo de lo que las gentes de la época desconocían su funcionamiento en conjunto. Aun así la cultura que crearon acabo de la noche a la mañana con lo que visto desde la distancia era un estancamiento en la evolución social del ser humano  Es algo inútil buscar respuestas en una página que se ha sido quemada y sus cenizas dispersadas por el viento. No por ello voy a desistir en mi empeño de reconstruir, trozo por trozo, el relato de una extraordinaria aventura olvidada.

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